La narrativa de la recesión económica —enmascarada o promovida por la covid-19— ha quedado atrás. El último año ha estado cargado de mensajes positivos de crecimiento y desarrollo, en especial para el Sur global, de la mano de los Brics (ahora Brics+7), el G77 + China, la Iniciativa de la Franja y la Ruta o la Organización de Cooperación de Shanghái. El líder chino, Xi Jinping, en la apertura del Foro Empresarial de los Brics, en 2022, exponía, con determinación, el sentir del momento histórico: «¿Hacia dónde se dirige el mundo: la paz o la guerra? ¿Progreso o regresión? ¿Apertura o aislamiento? ¿Cooperación o confrontación? Estas son opciones de los tiempos a los que nos enfrentamos. […] La globalización económica es una respuesta al desarrollo de la productividad y, como tal, representa una tendencia histórica imparable. Cualquiera que intente hacer retroceder la rueda de la historia y bloquear el camino de otros solo verá bloqueado su propio camino». Esta potente imagen del futuro se suma a la caída del petrodólar, como hegemón del mercado financiero global; fenómeno que augura el derrumbe de Occidente, como imperio político, económico y, progresivamente, militar. Pareciera que, con la caída del imperialismo, estamos a las puertas del Edén: la democratización del progreso o, como se enuncia frecuentemente, el derecho al «desarrollo».

Pero ¿qué es el progreso? No cabe duda que —junto a términos como libertad, poder, religión o democraciaprogreso está entre los conceptos más visitados por la curiosidad intelectual de las últimas décadas; por lo tanto, apreciaciones e interpretaciones abundan. Mas, si buscamos una espiritualidad común a este concepto, más cercana al uso cotidiano de la palabra, podríamos decir —apoyándonos en Robert Nisbet— que el progreso se trata de una noción histórica de la humanidad en torno a un lento y gradual perfeccionamiento de los conocimientos técnicos, artísticos y científicos, esto es, un perfeccionamiento de las múltiples armas o herramientas con las que el hombre se enfrenta a los problemas que plantea la naturaleza, o el esfuerzo humano por vivir en sociedad. Con certeza, esta aproximación, nos permite comprender el enorme consenso existente por incrementar continuamente la comodidad de la vida social, así como la increscente necesidad energética y material para amoldar la naturaleza a nuestras aspiraciones. Embebido en esta interpretación, el progreso, explícita o implícitamente, anida una suerte de conciencia moral o espiritual que redime al hombre en la tierra, en su felicidad y su capacidad para liberarse de los tormentos que le infligen la naturaleza y la sociedad; y, por encima de todo, para alcanzar su serenidad o su tranquilidad.

Sin embargo, el término progreso tiene, hoy, su nicho favorito en el metarrelato individual del ascenso social; para el concierto de la población, se ha acuñado (¿disfrazado?) un término más técnico, más riguroso, pero igualmente vacuo, como resulta la noción de desarrollo. Desde Harry Truman, en 1947, hasta Xi Jinping, en la actualidad, el desarrollo ha sido el motor emocional de la sociedad moderna y, dentro de ella, todas y cada una de sus instituciones. Aún no se sabe, con precisión, qué es el desarrollo; pero, con un poco de audacia, se puede afirmar que es el heredero favorito del progreso de la Ilustración. Entonces, para transitar el camino cognitivo de entender qué está contenido en el progreso, hay que tener al desarrollo en el corazón.

Acerca del porqué del giro semántico entre el progreso —como idea fuerza en la sociedad europea, por siglos— y la aparición del desarrollo, como antorcha del nuevo Occidente de la posguerra, es posible que Walter Benjamin pusiera su cucharada. Benjamin, en su obra Tesis sobre la filosofía de la historia (1940), dejará plasmado un mensaje muy potente: El fascismo representa el fracaso de las narrativas del progreso inevitable. Con esta sentencia nazismo y progreso quedaron indisolublemente atados. Definitivamente, se requería un término inmaculado para mantener la vorágine científico-tecnológica del capitalismo —que había tenido su epicentro en Alemania y, ahora, se trasladaba a los Estados Unidos— y la invisibilización de las consecuencias humanas y ecológicas de un modelo civilizatorio que destruye las condiciones de vida en el planeta. Truman, con más malicia que agudeza, le diría al mundo que los que no eran como el Occidente ganador eran subdesarrollados; desde entonces, ser desarrollado es ser como ellos.

Este brochazo semántico al progreso no nos distraerá; iremos tras sus pasos perdidos. El pensamiento europeo de los siglos XVIII y XIX da luces en esta búsqueda. En su empeño por construir un pensamiento laico, científico y profundamente sustentado en la razón, numerosos filósofos de esta época irán reemplazando el sentimiento de la Providencia trascendente por la idea, más apropiada para los tiempos, del progreso prometeico: esto es, en jerga coloquial, maquillar una idea inmanente a un tipo de cristianismo, para endosársela a la Europa heleno-blanqueada; una idea particular de cristianismo que se hace ideología de Estado (imperialización del cristianismo, termidor del cristianismo) y cuya ortodoxia, como apunta el filósofo Franz Hinkelammert, «se formula definitivamente por medio de San Agustín».

Si bien rastrear la noción de progreso —o, como lo plantea Robert Nisbet, la idea de progreso— es una tarea elusiva, ciertamente tiene sus raíces más fuertes en la contribución de la cristiandad temprana a la Europa moderna, que la que pudo tener la Grecia antigua. Veamos qué evidencias aportan a esta aseveración.

Existen dos elementos esenciales para darle tal potencia a lo contenido en el progreso; es decir: a eso que lo hace tan ampliamente popular, compartido y dogmático. Estos son: la noción del tiempo lineal y la esperanza de una vida mejor que yace en el futuro. A San Agustín, se le atribuye haber juntado algunas piezas de este rompecabezas, en la medida en que él combina, en su obra (especialmente en la Ciudad de Dios), una narrativa gradualista de la historia con secuencias ascendentes, incorpora la innovadora idea de una historia de la humanidad —y esta última se hace el sujeto del progreso—, aunado al tiempo lineal y a la necesidad histórica. Parece de perogrullo afirmar que nadie creería en el progreso, si no asumiese primeramente la noción cristiana del tiempo lineal; pero no podemos dejarlo al margen: el devenir del tiempo en secuencias lineales establece un sentido progresivo infinito hacia «el futuro». Aquí San Agustín es tan enfático como revelador cuando plantea que el tiempo mismo es creación divina, por lo que no tiene sentido preguntar qué hacía Dios antes de la creación del mundo. Si antes de la creación del cielo y de la tierra no existía el tiempo, ¿por qué alguien pregunta qué hacía, entonces? En realidad, cuando no existía el tiempo, no existía tampoco el entonces; así, el tiempo es creación de Dios.

Plantea el filósofo Contreras Peláez, a favor de la preponderancia de la impronta judeo-cristiana occidental, que el tiempo lineal del Dios cristiano difiere del tiempo de los dioses griegos: «En efecto, el pensamiento griego había relegado el tiempo a la esfera de lo aparencial, de lo irracional, de la doxa; la verdadera realidad es ajena al tiempo. El ápeiron de Anaximandro, el ser de Parménides y sus discípulos eleáticos, los arquetipos de Platón, etcétera, son todos ellos atemporales. En contraste con esta querencia ucrónica de la filosofía griega, el cristianismo propondrá una visión del mundo esencialmente histórica. Todo el sentido del cristianismo gravita en torno a un acontecimiento, un concreto instante del tiempo».

A lo largo del siglo XVII, en la sociedad inglesa, este espíritu del tiempo agustiniano fue asumiéndose en las ideas de eficiencia en los quehaceres, la virtud de madrugar, la descalificación del descanso, el goce y la diversión como contrarios al trabajo (solo este último incrementaba la gloria de Dios); todos estos códigos venían de la mano de las corrientes religiosas dominantes: puritanos, bautistas y metodistas. En el caso de los metodistas, su nombre ya sugiere esta «economía» del tiempo. Era una época en que la elección para la vida eterna estaba signada por la vida terrenal: efímera y preciada, el tiempo no podía perderse y tal hecho era, en sí, un pecado mortal. En síntesis, Max Weber afirmaría, con agudeza, “el calvinismo fue históricamente uno de los agentes de educación en el espíritu del capitalismo”. Únicamente desde el reduccionismo matematizante del tiempo es posible imaginar y pensar un devenir lineal, acumulativo y creciente al infinito. Así, la imperialización del cristianismo ofrecía la salvación futura a cada uno de los individuos (a los que se la ganaran con su esfuerzo y sacrificio terrenal). La verdadera luz, del Siglo de las Luces europeo, es tomar toda esta fuerza motivante de la cristiandad, barnizarla con ciencia, razón y método, y devolverla laica: de aquí en adelante, la salvación es para toda la humanidad y se llama progreso.

De este maná beberán todas las disciplinas científicas. Ningún estudiante conocerá del progreso como aprenderá de álgebra, lengua, historia o geografía modernas; pero la idea de progreso lo constituirá personal y laboralmente, de tal forma que, ateo o creyente, la religión del progreso lo define, le da sentido personal, engranaje social e identidad cultural.

Hoy podemos reconocer que todo aquel que, con fervor, nos plantee el progreso —o lo diga económicamente laico, mentándolo como desarrollo— es, en el fondo, un fiel creyente de la cristiandad y de la secularización de sus narrativas. La gran victoria de San Agustín es, sin duda, liderar los Brics, mientras dibuja el horizonte de sentido de los Sures globales.

QOSHE - Siglo XXI, el progreso para todos - Nerliny Caruci
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Siglo XXI, el progreso para todos

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25.10.2023

La narrativa de la recesión económica —enmascarada o promovida por la covid-19— ha quedado atrás. El último año ha estado cargado de mensajes positivos de crecimiento y desarrollo, en especial para el Sur global, de la mano de los Brics (ahora Brics 7), el G77 China, la Iniciativa de la Franja y la Ruta o la Organización de Cooperación de Shanghái. El líder chino, Xi Jinping, en la apertura del Foro Empresarial de los Brics, en 2022, exponía, con determinación, el sentir del momento histórico: «¿Hacia dónde se dirige el mundo: la paz o la guerra? ¿Progreso o regresión? ¿Apertura o aislamiento? ¿Cooperación o confrontación? Estas son opciones de los tiempos a los que nos enfrentamos. […] La globalización económica es una respuesta al desarrollo de la productividad y, como tal, representa una tendencia histórica imparable. Cualquiera que intente hacer retroceder la rueda de la historia y bloquear el camino de otros solo verá bloqueado su propio camino». Esta potente imagen del futuro se suma a la caída del petrodólar, como hegemón del mercado financiero global; fenómeno que augura el derrumbe de Occidente, como imperio político, económico y, progresivamente, militar. Pareciera que, con la caída del imperialismo, estamos a las puertas del Edén: la democratización del progreso o, como se enuncia frecuentemente, el derecho al «desarrollo».

Pero ¿qué es el progreso? No cabe duda que —junto a términos como libertad, poder, religión o democraciaprogreso está entre los conceptos más visitados por la curiosidad intelectual de las últimas décadas; por lo tanto, apreciaciones e interpretaciones abundan. Mas, si buscamos una espiritualidad común a este concepto, más cercana al uso cotidiano de la palabra, podríamos decir —apoyándonos en Robert Nisbet— que el progreso se trata de una noción histórica de la humanidad en torno a un lento y gradual perfeccionamiento de los conocimientos técnicos, artísticos y científicos, esto es, un perfeccionamiento de las múltiples armas o herramientas con las que el hombre se enfrenta a los problemas que plantea la naturaleza, o el esfuerzo humano por vivir en sociedad. Con certeza, esta aproximación, nos permite comprender el enorme consenso existente por incrementar continuamente la comodidad de la vida social, así como la increscente necesidad energética y material para amoldar la naturaleza a nuestras aspiraciones. Embebido en esta interpretación, el........

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