Hay un proverbio africano que tiene un mensaje lapidario: «El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor». Lamentablemente, la vida moderna nos aleja de la vida comunitaria; es decir: nos separa de la vida y, como señalábamos en otras ediciones de «Pensar a fondo», nos somete a una profunda soledad existencial. El sistema moderno/colonial/capitalista ha configurado una sociedad individualista, fundamentada en valores que separan lo humano de la madre tierra y condenan al ser humano a un proceso de deshumanización, en el que todo se reduce a dominar o a ser dominado. Como apunta el filósofo Franz Hinkelammert, la sociedad moderna impone relaciones humanas cosificadas, esto es, relaciones sociales capitalistas, desde una realidad invertida (cosificada y mercantilizada), para afirmar, luego, que la realidad «es» así, que ha sido siempre así y que, en el futuro, siempre ha de ser así. Esa es la triste y perversa realidad que, desde el siglo XIX, denunciaba el maestro popular venezolano Simón Rodríguez: «Los habitantes [de las ciudades modernas de la Europa] son siempre los mismos— saben más que antes; pero no obran mejor— […] millones de hombres que viven juntos, sin formar sociedad [entiéndase aquí, por sociedad, comunidad. La cursiva es mía]».

El pensamiento rodrigueano muestra, abundantemente, cómo la lógica de la sociedad moderna es contraria a la vida en comunidad. Para nuestro Samuel Robinson, las sociedades modernas no son más que un conjunto por agregación, que no actúa junto; es decir: no obran unos con otros, o unos en otros. Así lo expone, en esta tematización de las relaciones sociales: «Carecen de la idea fundamental de la asociación, que es: “Pensar cada uno en todos, para que todos piensen en él”. Los hombres, sin esta idea, viven en pequeños grupos… o en grandes… haciéndose una guerra simulada, bajo el nombre de conveniencia». En este estado de contradicción, tan dañino, ¿¡qué cabida pueden tener los deberes comunitarios!?

A partir de este diagnóstico, Simón Rodríguez desfonda el mito de la realidad creada por la (ir)racionalidad moderna y plantea coordenadas para pensar(nos) desde otro criterio: la vida en comunidad. La invitación que nos hace este pensador de nuestra América y demás Sures globales es respetar el sublime precepto de las gentes de «ver en los intereses del prójimo los suyos propios», para sustituir la máxima más perversa que pueda haber inventado la modernidad: «Cada uno para sí, y Dios para todos». Este libertador nos invita a llenarnos de la doctrina comunitaria, que no es otra cosa sino un compromiso político en el que el yo se llene de nosotros.

Según Rodríguez, construir comunidad requiere pensar y construir otras utopías, otro tipo de conocimiento, otro tipo de política, otro tipo de economía y otro tipo de (inter)subjetividad. Pero la pregunta es: ¿cómo producimos un sentir, un pensar, un saber, un hacer, una espiritualidad que estén al servicio de la reproducción de la vida? ¿Cómo podemos hacer germinar el arte de vivir en comunidad, magistralmente desarrollado por Samuel Robinson, en medio de una sociedad que ha destruido los vínculos comunitarios y ha deshumanizado las relaciones humanas para afirmar el sistema de reproducción de una lógica de crecimiento y desarrollo infinito, que hoy tiene en jaque la vida en el planeta? Es esencial recordar que, tal como lo explica el filósofo Juan José Bautista, para poder constituirse como tal, la sociedad moderna/colonial/capitalista necesitó ir destruyendo, poco a poco, toda forma de vida comunitaria, esto es, toda otra forma de vida distinta a la forma de vida social que produce el capitalismo como su correlato, porque el capitalismo, para poder constituirse en la forma de producción dominante, tenía y tiene que producir, de manera permanente, no solo mercancías capitalistas o relaciones de mercado capitalista, sino su asociación o su conglomerado humano pertinente; en otras palabras: «Una forma de agrupación humana que fuese producto de su propia forma de producción y reproducción subjetiva, hecha a imagen y semejanza suya». Esa es la razón por la que el proyecto moderno-capitalista ha estado reñido, desde el principio, con toda otra forma de relación que no esté a la altura de sus necesidades y sus expectativas; de ahí que, desde siempre, las haya hecho «aparecer» como inferiores o atrasadas.

La respuesta de Rodríguez es clara, pero no sencilla: ser originales. La pedagogía rodrigueana plantea la necesidad de ir a nuestras raíces, cultivar el pensamiento original y hacer una revolución, en todos los sentidos, para recuperar la vida en comunidad. Para ello, el criterio más notable que pone es el entreayudarnos, como base de las relaciones humanas. Desde esta perspectiva, Robinson muestra cómo esta noción supera el marco de interpretación ontológico-existencial de la modernidad: «Los hombres se juntan y se entreayudan; pero… entreayudarse para adquirir cosas, no es fin social [comunitario]. Entreayudarse para proporcionarse medios de adquirir, no es fin social [comunitario] tampoco. Proyectos de riqueza, de preponderancia, de sabiduría, de engrandecimiento, cualquiera los forma y los propone; pero no son proyectos sociales [comunitarios]. ILUSTRACIÓN! CIVILIZACIÓN! son palabras vagas si no se determinan las ideas que se expresan con ellas. Pídanse explicaciones, y se verá que todos no dan las mismas, y, tal vez, qué raro será el que las tome en su verdadero sentido». El fin comunitario, en el pensamiento rodrigueano, deviene, por un lado, en una crítica al carácter autorreflexivo, del sí mismo y las mediaciones para el despliegue de los intereses individuales, y la referencia cuantitativa (tener mercancías), propios de la sociedad moderna; y, por otro lado, en una afirmación del compromiso permanente de hacer comunidad, a través del obrar colectivo. Es el entreayudarnos el que da sentido, forma y fondo al hecho comunitario; es decir: estar en relación con la comunidad que nos contiene. En Rodríguez, el fin comunitario del entreayudarnos solo se logra cuando esta acción colabora con la plenitud de los otros y del tejido comunitario todo (incluyendo humanos y no humanos). Así, alerta sobre el reto de concebir la reflexión comunitaria fuera del margen en el que la ha encasillado la modernidad y pensar en una verdadera recuperación del sentido de la vida.

Un aporte, en esa dirección, nos la ofrece el libro, presentado en la Feria Internacional del Libro de Venezuela (Filvén) 2023, Geopolítica del pensamiento original. Contribución ético-pedagógica desde Simón Rodríguez para una aproximación de(s)colonial a las realidades e identidades concretas de los Sures globales. Esta obra constituye un esfuerzo colectivo, que reúne reflexiones sobre la actualidad y el legado de Simón Rodríguez, escritas por pensadores de siete países: México, Panamá, Colombia, Venezuela, Brasil, Chile y Argentina.

Lo que los autores aquí reunidos —Abdiel Rodríguez Reyes, Cibele Maria Lima Rodrigues, Estanislaa Ozuna Rejala, Iluska Coromoto Salazar, José de Souza Silva, José Miguel Sánchez Giraldo, Jorge Arreaza Montserrat, María del Rayo Ramírez Fierro, Néstor Hugo Angulo, Neuzitânia da Silva Oliveira, Nicolás Arata, Pablo Imen y Paloma Griffero Pedemonte— nos proponen es profundizar el diálogo con nuestros ancestros y construir rutas de comprensión que nos permitan incrementar la potencia de la producción de otra forma de política, otra forma de economía, otro tipo de conocimiento, otro tipo de educación, otros horizontes de sentido, que rompan con la geopolítica moderno-colonial del ser/saber/poder y transformen la realidad y la subjetividad.

Es significativo que, en el prólogo del libro, la filósofa descolonial Katya Colmenares, a partir de la lectura atenta de Simón Rodríguez, subraye la necesidad de pensarnos en clave comunal, como un imperativo del que la humanidad toda ya no puede escapar, por cuanto tenemos una enorme disyuntiva: «Comuna o nada; y esa nada es la muerte, porque la vida solo puede reproducirse comunitariamente». Allí, Colmenares, consciente de la importancia de hacernos la pregunta sobre la identidad nuestroamericana, como exigencia para la gestación de un proyecto político nuestro, destaca el llamado rodrigueano de «inventamos o erramos», cuyo núcleo fundamental convoca a explorar paradigmas distintos de lo político, que reten, cuestionen e interpelen la política moderno-colonial, abriendo nuevas sendas para la humanidad.

Un libro con reflexiones que nos conectan con nuestra originalidad histórica y cultural, con la madre tierra, con la construcción de imaginarios éticos, para poder vivir más allá del dominio colonial; una docena de textos que coinciden en que, en el pensamiento y en las culturas de los Sures globales, puede estar la brújula para hacer caminos hacia un mundo otro. ¡Enhorabuena!

QOSHE - Poder vivir - Nerliny Caruci
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Poder vivir

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15.11.2023

Hay un proverbio africano que tiene un mensaje lapidario: «El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para poder sentir su calor». Lamentablemente, la vida moderna nos aleja de la vida comunitaria; es decir: nos separa de la vida y, como señalábamos en otras ediciones de «Pensar a fondo», nos somete a una profunda soledad existencial. El sistema moderno/colonial/capitalista ha configurado una sociedad individualista, fundamentada en valores que separan lo humano de la madre tierra y condenan al ser humano a un proceso de deshumanización, en el que todo se reduce a dominar o a ser dominado. Como apunta el filósofo Franz Hinkelammert, la sociedad moderna impone relaciones humanas cosificadas, esto es, relaciones sociales capitalistas, desde una realidad invertida (cosificada y mercantilizada), para afirmar, luego, que la realidad «es» así, que ha sido siempre así y que, en el futuro, siempre ha de ser así. Esa es la triste y perversa realidad que, desde el siglo XIX, denunciaba el maestro popular venezolano Simón Rodríguez: «Los habitantes [de las ciudades modernas de la Europa] son siempre los mismos— saben más que antes; pero no obran mejor— […] millones de hombres que viven juntos, sin formar sociedad [entiéndase aquí, por sociedad, comunidad. La cursiva es mía]».

El pensamiento rodrigueano muestra, abundantemente, cómo la lógica de la sociedad moderna es contraria a la vida en comunidad. Para nuestro Samuel Robinson, las sociedades modernas no son más que un conjunto por agregación, que no actúa junto; es decir: no obran unos con otros, o unos en otros. Así lo expone, en esta tematización de las relaciones sociales: «Carecen de la idea fundamental de la asociación, que es: “Pensar cada uno en todos, para que todos piensen en él”. Los hombres, sin esta idea, viven en pequeños grupos… o en grandes… haciéndose una guerra simulada, bajo el nombre de conveniencia». En este estado de contradicción, tan dañino, ¿¡qué cabida pueden tener los deberes comunitarios!?

A partir de este diagnóstico, Simón Rodríguez desfonda el mito de la realidad creada por la (ir)racionalidad moderna y plantea coordenadas para pensar(nos) desde otro criterio: la vida en........

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