El paso previo a los crímenes de odio y a los crímenes de guerra, en el sistema-mundo moderno/colonial, siempre ha sido la deshumanización del otro; es decir: la negación de una parte de la humanidad. Como explica el sociólogo decolonial Boaventura de Sousa Santos, el pensamiento moderno occidental opera sobre líneas abismales que dividen lo humano de lo subhumano, de tal modo que los principios humanos no quedan comprometidos por prácticas inhumanas.

Los crímenes de odio y los crímenes de guerra se sustentan en la negación del otro y en prácticas discursivas hegemónicas en las que a los otros se les califica de «bestias», «seres sin alma», «fuerzas del mal», «asesinos», «salvajes», «comunistas» o, simplemente, de gente que necesita «ser salvada». La línea moderna de jerarquía etnorracial asigna al otro la sentencia de no-ser; en una palabra: de inhumano. Dicha ausencia de «humanidad», aireada por el patrón de poder moderno, pretende legitimar las agresiones contra la otredad, al posicionar como «aceptables» y «necesarios» crímenes de odio (discriminaciones, aplicación de sufrimiento, ataques, asesinatos físicos o simbólicos) contra singulares y grupos específicos (humanos y no humanos), a los cuales se les niega su condición histórica de dignidad. Aquí, de acuerdo con lo que señala el psicólogo de la liberación Ignacio Martín-Baró, lo que interesa subrayar no es tanto el señalamiento negativo cuanto el peligro potencial que encierra el etiquetamiento negativo, sistemático y prolongado, el cual desencadena una consecuencia, un sometimiento, una amenaza de muerte o la muerte a quienes han sido señalados. El etiquetamiento racista pareciera aliviar los sentimientos de culpa y —lo que es más deplorable— fomentar disposiciones para que la prolongación de la dominación sea deseable y para que la exclusión, subordinación e inferiorización de quienes son considerados por debajo de la línea de lo humano sean avaladas.

Con la «guerra imperial», mejor conocida como la «guerra contra el terrorismo», las continuidades del discurso colonial sobre los derechos humanos se han vuelto más abiertas y más perversas. Así lo expone el maestro puertorriqueño Ramón Grosfoguel: «El terrorismo de Estado y su colonialidad del poder se justifican acusando de “terroristas” a los movimientos de resistencia. Las atrocidades estatales, la violación de los derechos humanos e incluso crímenes genocidas se legitiman ahora por Occidente, a nombre de la lucha contra el “terrorismo” (…). Gaza es el ejemplo más visible de las consecuencias coloniales de la “guerra contra el terrorismo”, que se usa hoy en día como principal mecanismo para defender el terrorismo de Estado en todo el mundo, para combatir los movimientos de liberación. Las políticas del apartheid y la limpieza étnica, que ya existían desde la formación del Estado de Israel en 1948, ahora se justifican, abiertamente, con la nueva retórica de la lucha contra el terrorismo. Aun cuando Hamas fue electo democráticamente y destruido su gobierno a través de mecanismos terroristas de Estado tanto por Israel como por Estados Unidos, el uso del término “terrorismo” se moviliza para justificar las masacres de Israel con el apoyo de todo Occidente».

No es casual que, frente al genocidio israelí contra Palestina, la mediática imperialista replique mensajes como estos: «Palestinos muertos»; «Israelíes asesinados». Tampoco es casual que vocerías de los organismos multilaterales demonicen al movimiento de resistencia palestino, a la vez que encubren/defienden las atrocidades y la necropolítica israelíes contra Palestina (más allá: el mensaje que envían a los perpetradores de genocidios es que tienen luz verde para cometer sus crímenes). La hipocresía es tal que, cuando se rompe el muro de agresión, se lo toman como una ofensa; pero no dicen que el propio muro era la mayor ofensa a la dignidad de un pueblo. ¡El mundo al revés!, que es como funciona el sistema-mundo moderno/colonial.

El crimen contra Palestina es una continuación del colonialismo, en forma de fascismo: una mezcla de racismo y colonialidad, que establece un apartheid, abierta y descaradamente. La invención de la modernidad/colonialidad —que incluye jerarquía, asimetría y dominación— sigue masacrando pueblos. Como denunció el ideólogo de la negritud, Aimé Césaire, el hitlerismo continúa. Lo que ocurrió con Hitler no fue una anomalía del sistema-mundo moderno: son los mismos métodos que Alemania, Francia, Inglaterra, Bélgica, España… todos los países imperialistas aplican contra los caribeños, africanos, gitanos. Cuando los crímenes son cometidos contra la otredad, Occidente tolera el hitlerismo; pero pegan el grito al cielo cuando este los toca a ellos, como ocurrió con el genocidio contra los judíos. Césaire arguye que el hitlerismo existe antes de Hitler: es una ideología colonial, imperialista, racista, de un sistema de muerte; en otras palabras: es parte constitutiva de la subjetividad occidental. Para este pensador antillano, el hitlerismo es lo que Occidente le estuvo haciendo al resto del mundo no-occidental durante 400 años (y le sigue haciendo).

Hoy, en pleno siglo XXI, permanece la deshumanización de las mayorías no-occidentales del mundo. Palestina lo sufre, en su corporalidad traumatizada y diezmada. El abuso contra Palestina parte de la idea supremacista imperial/colonial, en la que las leyes y los derechos son para los judíos; y aquel que no es judío es ciudadano de ‘segunda clase’. El hitlerismo es un cáncer de la modernidad que carcome a la humanidad.

«Gaza es hoy la continuidad del gueto de Varsovia», denuncia Ramón Grosfoguel. Este sociólogo descolonial pregunta: ¿Cuál es la diferencia entre el gueto de Gaza y el gueto de Varsovia? ¿Qué diferencia al hitlerismo de la limpieza étnica de palestinos? ¿Qué diferencia existe entre la maquinaria de guerra nazi y la maquinaria de guerra estadounidense? Incluso, es más incisivo: ¿Cómo podemos calificar el apoyo estadounidense a dictaduras militares que practicaban métodos de tortura y asesinato nazis, como Pinochet, Videla, Duvalier, Somoza, Batista, Trujillo? ¿Cómo definimos las políticas estadounidenses de organización, financiación y fomento deliberado de golpes militares en el ‘tercer mundo’, que torturaron, desaparecieron y exterminaron una generación completa de seres humanos, en Latinoamérica, África, Asia y el Oriente Medio? ¿Cuántos millones de civiles fueron asesinados en los golpes militares de la CIA, en Indonesia, Chile, Guatemala, Congo e Irán? Es un hecho vergonzoso: el hitlerismo sigue manifestándose hoy. En el Oriente Medio, el hitlerismo hoy lo encarna y practica Israel. Como alerta Grosfoguel, cualquiera que practique el colonialismo y cuya imaginación esté infectada por el racismo tiene el potencial de llegar al hitlerismo, al genocidio y, por consiguiente, a convertirse en criminal de guerra. «De esta tentación, no están inmunes los seres humanos, incluyendo el pueblo judío». Hoy, el Estado de Israel emula a sus victimarios y comete las aberrantes atrocidades que los nazis perpetraron contra el pueblo judío.

Ramón Grosfoguel denuncia cómo los judíos europeos reproducen, en Palestina, las formas clásicas del colonialismo europeo, con el consentimiento y el apoyo del imperio británico. Es más: la formación del Estado de Israel se hizo a costa de la masacre de palestinos (cristianos y musulmanes). El genocidio contra Palestina, entendido en el planteamiento grosfogueliano, es un cuestionamiento radical a las narrativas hegemónicas, así como el final de las narrativas reduccionistas de la identidad judía internacional como «víctimas»: «No cabe duda de que el pueblo judío fue sujeto colonial y víctima de todo tipo de atrocidades en la Europa cristiana, por un período de varios siglos (desde su expulsión, junto con los musulmanes, de la España católica, en 1492, hasta su exterminio durante el holocausto nazi, en la Segunda Guerra Mundial). Sin embargo, esto condujo a una noción simplista del nazismo y a una visión esencializada de los judíos. De la judeofobia hasta la judeofilia, de mal eterno a víctima eterna; el pensamiento racista eurocéntrico no podía pensar la identidad judía por fuera de los binarios esencialistas. Estas narrativas simplistas y reduccionistas sobre el Holocausto y la identidad judía fueron explotadas por los sionistas, durante los últimos sesenta [setenta] años, para legitimar su Estado fundamentalista judío construido sobre las prácticas y los métodos del colonialismo de población contra los palestinos».

Las preguntas que emergen de la reflexión del citado sociólogo descolonial puertorriqueño profundizan la tematización: ¿Podemos imaginar cuál sería la reacción en Occidente, hoy, si algún Estado árabe les hiciera a los judíos y a las judías lo que Israel les está haciendo a los palestinos y a las palestinas? ¿Cuál sería la reacción de Occidente, si un Estado árabe masacrara a los judíos, de la forma como Israel masacra a los palestinos? A propósito —agrega Ramón Grosfoguel—, es importante mencionar que palestinos y judíos bajo el imperio musulmán otomano tenían más derechos políticos, democráticos y civiles que los que tuvieron los musulmanes y los cristianos palestinos durante la ocupación colonial británica de Palestina y bajo los 70 años del colonialismo del Estado israelí. Más aún, los persas y judíos tienen más derechos sociales y civiles bajo la República Islámica de Irán, hoy, que lo que tienen los musulmanes y cristianos palestinos bajo la República Sionista de Israel. No obstante, las elites neoconservadoras en Occidente definen la «judeofobia» y el «antisemitismo antijudío» como las formas hegemónicas de racismo en Occidente hoy, con el fin de culpar, de manera perversa, a árabes y musulmanes de antisemitismo, y en aras de ocultar las formas hegemónicas de racismo blanco en la actualidad, que son, en su mayoría, «racismo antinegro» y «antisemitismo islamófobo anti-árabe/musulmán».

El basta ya que expresemos contra el hitlerismo… no es basta ya contra los judíos, debe ser un nunca más contra cualquier ser humano, nunca más contra la madre tierra. Debemos condenar, de forma enérgica y permanente, la idea de jerarquía racista ―como lógica fundacional y constitutiva del mundo moderno/colonial, que afecta todas las relaciones sociales―, cualesquiera sean sus manifestaciones. ¡Esa debe ser la gran lección!

El genocidio contra Palestina es una alarma que nos repite que la humanidad debe despojarse de la subjetividad moderna: esa subjetividad de miedo a la otredad, que ha configurado una lógica del poder político basada en la dominación, en la que parece que nuestra naturaleza es la violencia. En otras palabras: tenemos la responsabilidad y la necesidad de hacer morir esa subjetividad dominadora, negadora del otro… para que nazca la posibilidad real de experimentarnos como humanos.

El grito de «auxilio» del pueblo Palestino es el mismo grito de dolor de la soledad de Cristo en la cruz. La palabra del pueblo palestino es el espejo de la palabra de los oprimidos del sistema, de los que no podemos ver. Diría el maestro Enrique Dussel: «Su grito de dolor es el mismo grito del infinito, es el que escucha el Dios furioso de los Ejércitos para vengar la sangre del inocente. Ante la interpelación del otro [en este caso, con el rostro real, concreto, histórico de Palestina], se abre la fe: tener como verdadera su protesta, su reclamo. Es creer que su necesidad es el mandamiento del absoluto [el absoluto otro] hic et nunc: en el ahora y el aquí de la historia». ¡El genocidio de Palestina, que es la resonancia de tantos otros exterminios, debemos detenerlo! El lamento y la protesta de Palestina nos exhortan a hacernos cargo de la causa del grito de los condenados de la tierra y a asumir la responsabilidad comunitaria por el otro distinto.

«Hoy, nos toca pensar cómo pasamos del odio encarnizado a restituir el amor ―advierte la filósofa mexicana Katya Colmenares, y añade―: vernos reflejados en el dolor del otro (que puede ser el mío, que puede ser el de cualquiera). La justicia no puede ser justicia para mí; la justicia debe empezar por hacer justicia para el otro. Ello implica ponernos al servicio de la vida en comunidad y hacernos cargo». Solo la reconstitución de la comunidad, puede pro-vocar un orden otro. Cualquier acuerdo de paz o cualquier lucha que no contemple la responsabilidad por el otro es mera hipocresía. El dolor de Palestina fue el dolor de los pueblos de nuestra América ayer. ¡El mundo exige un cambio civilizatorio! ¡Basta ya del maldito racismo y de toda forma de dominación!

QOSHE - El grito de Palestina - Nerliny Caruci
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El grito de Palestina

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29.11.2023

El paso previo a los crímenes de odio y a los crímenes de guerra, en el sistema-mundo moderno/colonial, siempre ha sido la deshumanización del otro; es decir: la negación de una parte de la humanidad. Como explica el sociólogo decolonial Boaventura de Sousa Santos, el pensamiento moderno occidental opera sobre líneas abismales que dividen lo humano de lo subhumano, de tal modo que los principios humanos no quedan comprometidos por prácticas inhumanas.

Los crímenes de odio y los crímenes de guerra se sustentan en la negación del otro y en prácticas discursivas hegemónicas en las que a los otros se les califica de «bestias», «seres sin alma», «fuerzas del mal», «asesinos», «salvajes», «comunistas» o, simplemente, de gente que necesita «ser salvada». La línea moderna de jerarquía etnorracial asigna al otro la sentencia de no-ser; en una palabra: de inhumano. Dicha ausencia de «humanidad», aireada por el patrón de poder moderno, pretende legitimar las agresiones contra la otredad, al posicionar como «aceptables» y «necesarios» crímenes de odio (discriminaciones, aplicación de sufrimiento, ataques, asesinatos físicos o simbólicos) contra singulares y grupos específicos (humanos y no humanos), a los cuales se les niega su condición histórica de dignidad. Aquí, de acuerdo con lo que señala el psicólogo de la liberación Ignacio Martín-Baró, lo que interesa subrayar no es tanto el señalamiento negativo cuanto el peligro potencial que encierra el etiquetamiento negativo, sistemático y prolongado, el cual desencadena una consecuencia, un sometimiento, una amenaza de muerte o la muerte a quienes han sido señalados. El etiquetamiento racista pareciera aliviar los sentimientos de culpa y —lo que es más deplorable— fomentar disposiciones para que la prolongación de la dominación sea deseable y para que la exclusión, subordinación e inferiorización de quienes son considerados por debajo de la línea de lo humano sean avaladas.

Con la «guerra imperial», mejor conocida como la «guerra contra el terrorismo», las continuidades del discurso colonial sobre los derechos humanos se han vuelto más abiertas y más perversas. Así lo expone el maestro puertorriqueño Ramón Grosfoguel: «El terrorismo de Estado y su colonialidad del poder se justifican acusando de “terroristas” a los movimientos de resistencia. Las atrocidades estatales, la violación de los derechos humanos e incluso crímenes genocidas se legitiman ahora por Occidente, a nombre de la lucha contra el “terrorismo” (…). Gaza es el ejemplo más visible de las consecuencias coloniales de la “guerra contra el terrorismo”, que se usa hoy en día como principal mecanismo para defender el terrorismo de Estado en todo el mundo, para combatir los movimientos de liberación. Las políticas del apartheid y la limpieza étnica, que ya existían desde la formación del Estado de Israel en 1948, ahora se justifican, abiertamente, con la nueva retórica de la lucha contra el terrorismo. Aun cuando Hamas fue electo democráticamente y destruido su gobierno a través de mecanismos terroristas de Estado tanto por Israel como por Estados Unidos, el uso del término........

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