El 9 de agosto de 2023, los líderes de los Estados Parte en el Tratado de Cooperación Amazónica, reunidos en Brasil, firmaron más de un centenar de objetivos y principios para proteger la integralidad del territorio considerado «uno de los pulmones vegetales del mundo». Lo primero que llama, fuertemente, la atención es el acuerdo de avanzar en una agenda común «bajo el objetivo del desarrollo sostenible».

El planteamiento del derecho al «desarrollo», presente en esta nueva declaración sobre la Amazonía y que se legitima en distintos espacios políticos, es un tema que amerita profunda discusión. La crisis sistémica contemporánea es el escenario más explícito donde podemos ver hacia dónde conduce el «desarrollo». El «desarrollo» —con el apellido que sea— ha promovido el deterioro de los ecosistemas del mundo, incluyendo el de la cuenca amazónica. La lógica hegemónica del «desarrollo» es la lógica de la dominación; en ella, estamos construidos ontológicamente como inferiores, lo cual implica negar lo que somos para intentar alcanzar un estadio de bienestar que solo es posible con la modernización, esto es, con la afirmación positiva de los valores occidentales; de lo contrario, estamos condenados al «estancamiento» o «subdesarrollo». El derecho al «desarrollo» es la fe ciega en la ideología del progreso y en el crecimiento material sin límites, donde se asumen los indicadores macroeconómicos moderno-coloniales como condición necesaria y suficiente para garantizar el bienestar de los pueblos.

Tal como arguye el investigador brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves, en su libro Territorialidades y lucha por el territorio en América Latina. Geografía de los movimientos sociales en América Latina, «la idea de “desarrollo sustentable” [o de “desarrollo”, con cualquiera de los adjetivos con los que se camufla el capitalismo, como parte constitutiva de la modernidad] (…) intenta recuperar el “desarrollo” como categoría capaz de integrar a los desiguales (y a los diferentes) en torno a un futuro común (y no a un futuro en comunidad o a un futuro en comunión). Eso demuestra, en sí mismo, que puede haber más continuidad que ruptura de paradigmas en el proceso en curso». Porto-Gonçalves insta a comprender la emergencia de la idea del desarrollo sustentable, a partir de las tensiones/luchas por atribuir sentido a una organización social que ya no se sustenta.

En el imaginario eurocéntrico del «desarrollo», compartido e implementado por la arquitectura de las Naciones Unidas, la capacidad técnico-científica de dominar la naturaleza permite una producción ilimitada de riquezas; a eso se le llama «desarrollo». ¿Acaso es ese el futuro que queremos? ¿Qué pasa si no queremos ser «desarrollados»? ¿Qué pasa si lo que queremos es vivir bien y ser felices? Una pregunta más incisiva: ¿Cómo podría salvarse la Amazonía, desde los principios y los objetivos de un proyecto civilizatorio que ha provocado la crisis ambiental global a la que asistimos hoy?

Si, realmente, queremos afrontar el compromiso de salvar la vida en la Tierra, no solo en la Amazonía, debemos pensar los retos planteados por los límites planetarios y la urgencia de patrones civilizatorios alternativos a la lógica depredadora de la sociedad industrial del progreso, donde para que uno gane el otro tiene que perder. Tenemos una deuda histórica con las generaciones pasadas y las nuestras: romper las cadenas mentales (culturalmente invisibles) que nos mantienen rehenes de los patrones globales de poder-saber-ser. Como interpela el ecólogo venezolano Francisco Herrera, hace falta un debate honesto en torno a qué es lo que nos ha traído hasta aquí y acerca de por qué seguimos expresando confianza en un modelo hegemónico de «desarrollo» en el que el uso utilitario de la madre tierra estaría plenamente justificado. «¡Cómo se puede hablar de paz desde una lógica de guerra contra la naturaleza no humana!». Peor aún: por qué seguimos partiendo del principio de que la ciencia moderna, con su técnica, puede resolver la crisis de los sistemas ecológicos, si, precisamente, este patrón de conocimiento es corresponsable de la crisis en la que estamos inmersos: la ciencia moderna es parte constitutiva de las propias relaciones sociales y de poder de un proyecto civilizatorio que ha demostrado no ser sostenible; sino, más bien, destructor de las fuentes que hacen posible la reproducción de la vida.

Para el investigador Francisco Herrera, en este pasaje reflexivo, habría que establecer, además, verdaderas tramas de debate —que ya no es el debate de los años 90— sobre un tema que no hemos abordado aún: cómo es la Amazonía, cómo es la Tierra, en general, con tres… cuatro grados de incremento de tem peratura: «Hay que pensar los pronósticos desde lo abrupto, lo dinámico y lo rápido de una crisis ambiental sin precedentes».

Otra pregunta: ¿por qué seguimos entrampados con la idea de la novedad científica? Cuidar la vida no es un compromiso que requiere solo conocimientos nuevos, también es recuperar conocimientos negados e inferiorizados por la modernidad. El reto de pensar distinto no surge de la novedad, sino del reconocimiento de culturas ancestrales —las cuales, a pesar de que, históricamente, han sido ubicadas por la civilización moderna en la zona del no-ser, como inferiores y atrasadas— han demostrado y continúan demostrando que otro mundo es posible y que la humanidad no se reduce a la lógica de la civilización moderna. Herrera señala cómo hay una historia que habla por sí misma: «Por ejemplo, la Amazonía, como bosque, es una construcción colectiva, de lo que llamamos “naturaleza” con los pueblos que allí han vivido. La diversidad de la Amazonía es fruto de la relación entre los pueblos originarios y lo que conocemos como naturaleza». Es decir: hay que escuchar, comprender y asumir los principios de vida de las civilizaciones y las racionalidades que han permitido la producción y el cuido de esta biodiversidad. ¡No hay defensa posible de la Amazonía sin la defensa de la cosmovisión, la racionalidad y la espiritualidad de los pueblos aborígenes (que son contrarias a la racionalidad moderna que presupone el «desarrollo»)! Solo la colonialidad del pensamiento hegemónico puede ignorar el saber-ser del vivir bien en comunidad, tejido por los diferentes pueblos originarios, en una milenaria historia. Diría el filósofo boliviano Rafael Bautista: «La naturaleza no es paisaje: es memoria»; la Amazonía es memoria de un conocimiento que nos permite reconocer que todo es sujeto; o sea, que tiene dignidad… un conocimiento que es opuesto a la lógica de dominación de la ciencia moderna, donde todo se nos presenta como objeto.

Los pueblos ancestrales que habitan la Amazonía tienen conciencia de que todos somos Pachamama y que el saber debe permitirnos poder vivir. En esta cuenca, hay sistemas culturales y epistémicos que rompen con los mitos del proyecto moderno/colonial/capitalista y que pueden servirnos para construir otras filosofías y otras teorías para sustentar otras prácticas y otras formas de relación humana.

Salvar la Amazonía exige pensar cómo puede haber un diálogo de saberes, en condiciones de horizontalidad, si la ciencia moderna, por siglos, ha perseguido, estigmatizado y cuasi destruido los sistemas de conocimiento de otras culturas. ¿Cómo podría darse un diálogo de saberes, si la ciencia moderna, que es la que reproducimos en las universidades y centros de investigación tradicionales, se asume como el patrón de conocimiento más racional, más verdadero, más avanzado, incluso como si fuera superior a otras formas de saber? La concepción de la ciencia moderna tiene como fundamento la ‘violencia epistémica’. Santiago Castro-Gómez, en su obra La hybris del punto cero, lo explica muy bien: la hegemonía epistemológica de Occidente crea fronteras, decide cuáles conocimientos y comportamientos son o no legítimos y establece una visión de mundo dominante. El sociólogo ambiental Enrique Leff, al hablar sobre la colonialidad del saber, coincide en esta advertencia: la geopolítica del conocimiento moderno/colonial —que todavía es hegemónica en nuestros sistemas educativos y de investigación— impide que el pensamiento se genere desde otras fuentes que no sean las occidentales. Sin duda, es necesario deconstruir los imaginarios moderno-coloniales que tenemos para desentrañar lo más entrañable de nuestros saberes y nuestra espiritualidad, cuestionar el edificio de la ciencia que hoy reproducimos y recuperar nuestro pensamiento original.

El 9 de agosto de 2023 fue el turno de la Amazonía. Pero, así como esta magnífica cuenca clama justicia, respeto y soberanía, en la lista, se hallan los océanos, los glaciares continentales, los deltas, los bosques secos, los arrecifes de coral, los ríos y lagos —entre los muchos ecosistemas de todo el planeta— amenazados, críticamente, por el «desarrollo». ¡Esta es la realidad de pie! El futuro que queremos debe ser radicalmente distinto al presente que tenemos, y el presente que tenemos no es sostenible.

QOSHE - ¿El futuro que queremos? - Nerliny Caruci
menu_open
Columnists Actual . Favourites . Archive
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close
Aa Aa Aa
- A +

¿El futuro que queremos?

4 0
31.08.2023

El 9 de agosto de 2023, los líderes de los Estados Parte en el Tratado de Cooperación Amazónica, reunidos en Brasil, firmaron más de un centenar de objetivos y principios para proteger la integralidad del territorio considerado «uno de los pulmones vegetales del mundo». Lo primero que llama, fuertemente, la atención es el acuerdo de avanzar en una agenda común «bajo el objetivo del desarrollo sostenible».

El planteamiento del derecho al «desarrollo», presente en esta nueva declaración sobre la Amazonía y que se legitima en distintos espacios políticos, es un tema que amerita profunda discusión. La crisis sistémica contemporánea es el escenario más explícito donde podemos ver hacia dónde conduce el «desarrollo». El «desarrollo» —con el apellido que sea— ha promovido el deterioro de los ecosistemas del mundo, incluyendo el de la cuenca amazónica. La lógica hegemónica del «desarrollo» es la lógica de la dominación; en ella, estamos construidos ontológicamente como inferiores, lo cual implica negar lo que somos para intentar alcanzar un estadio de bienestar que solo es posible con la modernización, esto es, con la afirmación positiva de los valores occidentales; de lo contrario, estamos condenados al «estancamiento» o «subdesarrollo». El derecho al «desarrollo» es la fe ciega en la ideología del progreso y en el crecimiento material sin límites, donde se asumen los indicadores macroeconómicos moderno-coloniales como condición necesaria y suficiente para garantizar el bienestar de los pueblos.

Tal como arguye el investigador brasileño Carlos Walter Porto-Gonçalves, en su libro Territorialidades y lucha por el territorio en América Latina. Geografía de los movimientos sociales en América Latina, «la idea de “desarrollo sustentable” [o de “desarrollo”, con cualquiera de los adjetivos con los que se camufla el capitalismo, como parte constitutiva de la modernidad] (…) intenta recuperar el “desarrollo” como categoría capaz de integrar a los desiguales (y a los diferentes) en torno a un futuro común (y no a un futuro en comunidad o a un futuro en comunión). Eso demuestra, en sí mismo, que puede haber más continuidad que ruptura de paradigmas en el proceso en curso». Porto-Gonçalves insta a comprender la........

© Últimas Noticias


Get it on Google Play