Pobreza extrema

Una persona está en pobreza extrema cuando no tiene la capacidad de producir alimentos, ciencia y dignidad, ni de cubrir sus necesidades básicas. Y no la tiene porque el modelo civilizatorio del que es víctima le ha amputado esa cualidad, convirtiéndolo en un súbdito más. La pobreza extrema cercena las potencialidades y limita las oportunidades. Significa acostarse con hambre, faltar a la escuela y crecer en lugares peligrosos. Es un problema grave de derechos humanos.

En 2018, la organización caritativa británica Oxfam publicó unas estadísticas que explican la desigualdad social y la pobreza extrema. En 2017, “la riqueza del 1% de la población más rica del mundo ascendió a 110 billones de dólares, una cifra 65 veces mayor que el total de la riqueza que poseía la mitad más pobre de la población mundial”.

En la historia de los Estados Unidos, la denominada gilded age (edad dorada) es el período entre 1870 y 1899, después de la guerra de Secesión y de la Reconstrucción, en que el país conoció una expansión económica, industrial y demográfica sin precedentes. En los Estados Unidos, la parte de la riqueza nacional que posee el 0,00001% más rico (un grupo de 18 personas) se ha multiplicado por diez, pasando del 0,13% en 1982 a alrededor del 1,35% en 2021, una tasa superior a la de la gilded age.

Un informe de 2025, dirigido por el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, muestra que el 1% más rico del planeta copó el 41% de la riqueza mundial creada entre 2000 y 2024. Por el contrario, el 50% más pobre solo recibió el 1%. El estudio señala que las grandes plataformas digitales y la inteligencia artificial están acelerando la desigualdad y profundizando las diferencias de oportunidades a nivel global.

Según la hegemonía noroccidental, pareciera justo que una sola persona concentre más recursos que el producto interno bruto de países enteros. Y pareciera justo no solo el maltrato infantil, sino el secuestro, la pedofilia y el canibalismo de bebés, como señalan los documentos de los archivos de Jeffrey Epstein. Ni hablar del genocidio infantil en Palestina en manos de Israel y del bombardeo a una escuela de niñas en Irán por parte de EEUU.

Nos dice Simón Rodríguez: “¡Entre tantos hombres de juicio, de talento, de algún caudal, como cuenta la América! ¡Entre tantos bienintencionados! ¡Entre tantos patriotas! No hay uno que ponga los ojos en los niños pobres. No obstante, en estos está la industria que piden, la riqueza que desean, la milicia que necesitan, en una palabra, la ¡Patria!”.


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