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Prohibido dar de comer a los separatistas

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15.09.2018

Si no fuera porque es grave, el separatismo sería una fuente incesante de humor. Surrealista, claro, pero humor. De encerrarse dentro de unas pseudo jaulas en solidaridad con los presos a plantar cruces amarillas en el fondo del mar, su repertorio es inagotable. Lo último: una acampada sin acampantes.

La Diada amaneció, entre otros prodigios y señales sobrenaturales, con un tuit de un integrante de La Trinca, que ha pasado de ser un devoto y vehemente defensor del PSC y el maragallismo a redescubrirse a sí mismo como apóstol del separatismo. Decía el hombre a sus cofrades que podrían hacer una acampada “permanente” hasta que los presos estuvieran en libertad y hubiese república catalana. Ahí es nada. Todo muy enfático, con esa falsa alegría prefabricada que tanto me molesta. ¿Ustedes se imaginan a Robespierre o a Lenin sonriendo y contando chascarrillos mientras hacían la revolución? Pero el proceso tiene esas cosas imaginativas, inventando una categoría aún no vista en la historia hasta el momento, el de revolucionario bromista. Se ha convertido en algo de obligado rigor en estos casos, ya saben, mucho doble sentido, mucha broma escatológica, y, sobre todo, una proximidad que a quienes defendemos el modelo de Pla de amigos, conocidos y saludados nos incomoda mucho. Es ese “Ei, company”, las frases de Dale Carnegie de estar por casa tipo “Venga, esto lo tenemos ganado”, sí, esa alegría de boy scout aparentemente probo que esconde un corazón de un licántropo aullador ante un póster de Hustler y tal. Ni que decir tiene que la cosa fue un fracaso total. Pocas apelaciones a hacer algo han tenido menor repercusión en la historia de la humanidad, a excepción de la que Noé dijo a sus vecinos “Yo de vosotros cogería un paraguas”. A la cita acudieron menos de diez personas.

A lo mejor, y eso es sólo una hipótesis de trabajo, no le hicieron mucho caso porque muchos otros,........

© Vozpópuli