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El cliché del pedófilo

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13.07.2018

En 1961 The New Yorker envió una corresponsal al controversial juicio por genocidio de Adolf Eichmann, el hombre encargado de transportar a todos los deportados a los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. La corresponsal identificó que el acusado no tenía una trayectoria antisemita conocida, tampoco aparentaba ser una persona mentalmente enferma, ni siquiera particularmente mala. Concluyó, entonces, que la prensa había pintado una imagen de un monstruo, la imagen pura de la maldad, que no correspondía con la realidad.

Adolf Eichmann fue sentenciado en 1962 y fue ahorcado en Israel. Pero ¿qué pasó con los hallazgos de aquella reportera que había descubierto que Eichmann no era un monstruo? ¿Es que la prensa y la sociedad habían hecho escarnio público y habían linchado al acusado antes de ahorcarlo?

La reportera era Hannah Arendt y su reportaje dio paso a uno de sus libros más conocidos: “Eichmann en Jerusalem. Un Informe sobre la Banalidad del Mal”. La conclusión más importante de esta renombrada politóloga es que las personas que son capaces de realizar los hechos más crueles y atroces, no son particularmente malvados: la maldad es más banal de lo que pensamos. Eichmann era efectivamente culpable pero no era un demonio, ni siquiera era antisemita, sólo era un burócrata que seguía instrucciones sin cuestionarse sobre el........

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