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Entre Hipócrates y el cardán caldito

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28.05.2017

Los olores despiertan la memoria. Son una parte de la sensibilidad del cuerpo humano depositado en el paleo cerebro que nos defiende del olvido. Eso me sucedió hace unos días, cuando un destartalado automotor quedó unos momentos frente al Colegio Médico, en una calle céntrica de La Paz. Allí subió una señora de pelo colorado, cargando un bulto del que se desprendía la fragancia de pan recién salido del horno, y despertó mis recuerdos de infancia sobre un médico de nombre Wálter Pareja, comunista y amigo de mis abuelos.

Semicalvo y con anteojos de marco metálico, cargaba su maletín negro y atendía a los vecinos sin cobrar un peso. Lloviera o en horas inusuales, en pantuflas y pijamas atendía solícito a sus pacientes ocasionales. En reciprocidad, mi abuela le pagaba con picantes surtidos, masitas y fricasé el 1 de noviembre, y le invitaba a los cumpleaños a bailar cueca y comer te’ko.

En cada golpe militar, camiones grises venían y lo llevaban preso, en pantuflas y pijamas. Quiso la vida que lo reconociera en las cárceles del........

© La Razón