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Quién teme una reforma constitucional

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06.12.2018
Tenemos los españoles una querencia antigua por desgastarnos en debates tan estériles como crispados, más propensos al griterío que al razonamiento. Estamos tan seguros de cosas que no sabemos que apenas dejamos margen para la duda, único camino capaz de alumbrar diálogos fructíferos y no túneles sin salida. Cumple cuarenta años la Constitución de 1978 y llevamos ya unos cuantos discutiendo si la Transición fue una hazaña épica o un enorme engaño. Uno sigue pensando que nuestro problema no es lo que se hizo entonces, sino lo que no hicimos después. Por eso creo que es un error limitar la celebración de este aniversario a fastos institucionales que rinden homenaje a la madre de todas las leyes, en lugar de aprovechar la potencia simbólica de esta fecha para colocar los focos en la imperiosa necesidad de su reforma.


¿Queremos que la Constitución cumpla otros cuarenta como instrumento revitalizado, actualizado y “vitaminado” para seguir regulando la convivencia democrática o preferimos homenajear indefinidamente (o no) a una figura que padece vejez prematura, convertida en una especie de versión laica del brazo incorrupto de Santa Teresa? “Antes muerta que reformada, tal parece la consigna que recorrió toda nuestra historia constitucional”, escribía hace unos días el historiador Santos Juliá (ver aquí). Somos un país con más experiencia en Constituciones que en revoluciones. Reyes, militares y caciques prefirieron los golpes, autogolpes y procesos constituyentes a las reformas constitucionales. Siempre concibieron una Constitución no como punto de apoyo compartido para el entendimiento entre diferentes, sino más bien como instrumento de poder o martillo legal para atizar en la cabeza al adversario.

de dónde venimos


Es mucho mejor la Constitución de 1978 que su grado de cumplimiento, aplicación y desarrollo posterior. Por supuesto que, como toda la Transición, el texto sufrió los condicionantes del miedo a una involución, de los equilibrios forzados entre los actores del proceso y también de los intereses de los poderes establecidos (casi todos procedentes cuando no defensores y continuadores del........

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