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La leche de Turucucho

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19.05.2017

Acabo de atravesar las cinco casas y la iglesia que forman la parte visible de la aldea de Turucucho. La otra se reparte, casa a casa, entre las praderas que parcelan esta quebrada del cantón de Cayambe, en la provincia de Pichincha, a poco más de hora y media de Quito. Un par de cientos de metros más arriba de la pista se levanta el centro de acopio lechero que lleva el nombre de la aldea. No más que dos estancias; una con los depósitos de acero inoxidable que mantienen fresca la leche recién ordeñada a la espera del camión cisterna de la empresa acopiadora, y otra, junto al lavadero para las cántaras de la leche, que acoge la tienda del pueblo. Un grueso libro de cuentas con las hojas bien manoseadas ocupa un lugar destacado. En él se van apuntando las compras de cada familia, a la vieja usanza —fecha, concepto y precio—, que liquidarán conforme lleguen los pagos de la leche.

Son poco más de las seis y apenas hay movimiento, más allá de la presencia de Leandro, responsable de la recepción y el control, siempre enfundado de blanco; bata, gorro y mascarilla. Tomo una senda que mira a los nevados del volcán Cayambe, que hoy asoman entre las nubes, para encontrar a Rocío y Marco en plena faena de ordeño a un costado de su prado. Están sentados en cajas de plástico con un cubo entre las piernas junto a dos de sus vacas. La leche cae a presión levantando un leve rastro de vapor. Las patas traseras del animal están atadas y hay otras dos esperando turno. Otra más alimenta el ternero que parió ayer a resguardo del grupo. Es macho y se venderá en unos días por unos 10 dólares. Sólo se quedan las hembras.

Rocío se levanta con el cubo y me lo alarga. Una espuma densa y brillante cubre la superficie. Meto tres dedos, recojo una pella y me la llevo a la boca. Todavía está caliente y la noto densa, poderosa y llena de recuerdos. Acabo de retroceder cincuenta años hasta la........

© El Pais