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Esta tierra donde es dulce la vida (III)

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15.07.2018

No es que sea un error nuestro deseo de confort y de comodidad, pero no todo confort supone un beneficio: hoy vivimos la paradoja de que casi todo lo que halaga nuestra comodidad atenta contra nuestra salud.

El confort nos hace sedentarios: escaleras eléctricas, ascensores, automóviles se nos ofrecen como una gran conquista que ahorra esfuerzo físico, pero al mismo tiempo nos venden sin fin aparatos para hacer ejercicio, para modelar la figura, para evitar las enfermedades circulatorias. Ya nuestra alimentación necesita el antídoto continuo de medicinas para la presión arterial, antiácidos y ansiolíticos. Sí, la ciudad es costosa, como decía Browning: nos vende a la vez sedentarismo y gimnasia, angustia y calmantes, incomunicación y aparatos, aburrimiento y espectáculos.

¿Era de verdad tan aburrida la naturaleza? ¿Sí vino a mejorarla la novela del espíritu y la animación de la historia? Nadie dudó tanto de ello en tiempos recientes como las generaciones románticas. Descubrieron que era más apasionante el viaje que el encierro confortable, más educativos los bosques y las montañas que los claustros, más asombrosos los fenómenos de la naturaleza que los inventos de la industria. También a lo largo de la historia nadie disfrutó tanto la pasión y la aventura de vivir como los artistas, para quienes la simplicidad o la sencilla complejidad de la naturaleza fue la principal fuente de creación.

Y la humanidad empezó a fascinarse con la ciencia ficción, que había tenido su gran comienzo con las primeras fantasmagorías de la revolución industrial. Unos de sus temas centrales eran la urbe absoluta, las torres babilónicas, la velocidad, la cibernética, la robótica. Nadie parecía advertir que en la raíz de la ciencia ficción no estaba la........

© El Espectador