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El tren

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29.08.2017

Volver a los 16. Viaje iniciático: Sierra de la Ventana. Una buena trepada a los cerros más cercanos a la ciudad de la furia, esos años de plomo, asolada por las juntas militares.

No recuerdo el viaje de ida. Recuerdo sí que estrenamos una carpa que era “propiedad” compartida con Fabián. ¡Nuestra primera tienda de campaña!: orgullo sincero te promovía. Recuerdo también unos disparos, bajando del Cerro de la Ventana, noche de claridad lunar, seguramente efectuados por algún terrateniente preocupado por la presencia de intrusos o subversivos, daba igual.

La cosa es que terminamos, también de noche, llegando al pueblo. Perdonen la repetición toponímica pero el pueblo también se llama así: Sierra de la Ventana. Allí se aferraba la estación de un ferrocarril que unía Bahía Blanca con Buenos Aires.

El pueblo vegetaba vacío. Recuerdo bien también esa soledad del oeste de la provincia de Buenos Aires esos años: nunca había nadie en Guaminí, en Pigüé, en Tornquist, en Trenque Lauquen. Esa desolación te inquietaba.

La estación de trenes de Sierra de la Ventana también estaba vacía, salvo por la estoica presencia del hombre que nos vendió los boletos y por un pálido fulgor que resistía a unos pasos de la boletaría: era la luz de un bar, un boliche, algo que desmentía el abandono, esa quietud perturbadora, esa acechanza de la muerte que rondaba por ahí, por todos lados.

Entramos. Era un local pequeño y tampoco había nadie, salvo el fantasma que atendía –y un afiche del Diego, de Maradona, jovencísimo, posando para la publicidad de alguna cosa, pegado en una pared desnuda.

El paisano, el bolichero, temiendo por........

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