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Derrumbe y redención

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10.09.2017

Los antiguos japoneses creían que los muertos buscaban su última morada ascendiendo por los ríos. Scorza imaginó el Pachacuti a través de los ojos ciegos de una tejedora: doña Añada. En sus tapices, las aguas subían las montañas por el cauce de los ríos. El mundo al revés: la liberación de los oprimidos. Esas imágenes van conmigo cuando me interno por las quebradas de Río Abajo, subiendo por sus playas que se angostan tanto que, a veces, sólo puedes seguir andando si pasas de costado o trepando por las piedras.

Soy así, soy lo que soy: había denominado “huayquear” a este tipo de caminata. Un día, advertí que eso que hacía tenía un nombre dentro del ancho y comercial ámbito del llamado “turismo de aventuras”. Le dicen “barranquismo” en las Españas y “canonying” entre los anglosajones. Lo mío está lejos de toda la parafernalia de arneses y sogas con la que los turistas se meten en estos sagrados tajos de la Tierra.

Sentí siempre el llamado de las quebradas, de los huaycos en el mundo andino. Mi amigo Ricardo siempre cantaba un huayno de su cosecha cuando lo hacíamos juntos: Por las quebradas yo iré/ por las quebradas yo iré/ y no moriré, no moriré. Santa filosofía popular.

El “huayqueo” es una especie de viaje al centro de la Tierra, en la superficie y a la luz del día, pero es obvio que carga mucho de penetración, de un introducirse en un ámbito íntimo del espacio, la geografía, la geología, el cosmos. Uno va viendo cómo las montañas se pliegan, se cierran, se enciman entre ellas, y uno ahí, tratando de que no se te caigan encima. Tratando, como cantaba el Riki, de no morirte, allí adentro.

Como estas quebradas son de ida y vuelta, el hecho carga también mucho de caverna platónica, mucho de ese ir y venir desde un algo aparentemente inútil, algo hostil en grado sumo –se pierde la señal de tu teléfono allí adentro, hay una película –que no vi- pero donde le sucede eso a un caminante y el debe amputarse un brazo para escapar.

En realidad, en la realidad-real, eso pasa. Una vez, Carolina se cayó dentro de unas arenas movedizas que escondían unas piedras del tamaño de elefantes. Quien escribe, gracias a los Apus, iba retrasado –buscando piedras. Ella no tenía ningún punto de apoyo desde donde fuera capaz de salir por sus propios medios de esa trampa inesperada. Las arenas, cargadas de agua del verano, la habían chupado e inmovilizado. Empezó a gritar. Yo la escuché y me desvié hacia donde provenían los gritos. Allí estaba ella, exhausta. Tuve que usar toda mi fuerza para extraerla –por partes- de ese barro mortífero. Si hubiera estado sola, andá a saber qué pasaba. Y todo eso sucedió a cinco minutos en minibús de la casa. Anécdotas de la vida entre las........

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